jueves, 13 de mayo de 2010
La Metáfora del Porro y el Amor
Y se me ocurre que quizá las relaciones de pareja sean como el porro inhibidor. Comienzas trabajándotelo con ilusión, atención y mimo. Una vez que lo tienes, lo disfrutas, creyéndote consciente de lo afortunado que eres por lo que tienes entre manos, por el placer eterno que te confiere. Cada vez que se apaga, haces un pequeño esfuerzo, inhalas, y aquello vuelve a encenderse tanto o más que al principio. De vez en cuando, el destino te depara una china de por medio, de vez en cuando, un momento inolvidable junto a ella, pero al rato vuelve a apagarse, y gustoso vuelves a tirar fuerte para encenderlo de nuevo, o su pasión, o tu pasión. Sin embargo, el gozo momentáneo parapeta la verdad y la camufla a tu razón, te oculta algo que ya sabes y mil veces la vida te ha demostrado empírica, y a la vez, cruelmente: todo tiene un final. Tras tanto tiempo, el porro llega a su fin, no da más de sí. Da igual lo que inhales, lo que tires, da igual que insultes o que llores. Ya no hay porro, la antorcha se apagó, el fuego, en ambos casos, se esfumó. Entonces buscas desesperado más humo para tus pulmones, más alegrías y amor para tu maltrecho corazón, pero entonces la realidad viene veloz a pegarte en plena frente. Olvídalo, o al menos, inténtalo, pues todo acabó. Como tantas otras veces… La vida son etapas.
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